domingo, julio 06, 2008

Será que la vida se repuebla a cada instante y en cada instante nos vamos esparciendo de cenizas, de constelaciones inalcanzables que huyen a toda prisa de los recuerdos que luchan por abandonar la conciencia que se levanta impúdica alegando que aquellos sucesos fueron ciertos.
Será que estamos siendo masacrados y la sangre que estamos bebiendo se ha vuelto imperfecta, marchita, envenenada. He absorbido estos días casi obligadamente a fuerza de no mostrar debilidad. Soy un cadáver con conciencia, con media conciencia, recuerdo vagamente que la otra mitad se quedó en tus sábanas.
En días como hoy, lluviosos, fríos, melancólicos, la memoria se empeña en no dormir y, altiva, se enmaraña de ciudades que hemos conquistado a besos, a sangrientos besos hilvanados. En este día casi perfecto siento cómo, temblorosa, tu mano toma la mía y se hacen una, las sumas de dos soledades se congregan en la parsimoniosa oleada de alegóricas fantasías, de tú y de mí en el rascacielos de la hondonada playa del puerto que siempre espera.
Tuvimos temor de acercarnos, de crear un pacto eterno (en ese tiempo creíamos que era eterno) y, lentamente y con la inseguridad de los días que llegaban, nos fuimos entrelazando, hilvanando tu cuerpo al mío, rozando cada espacio que estaba despoblado, dibujando las siluetas a lo largo del espejo empañado del baño que alguna vez fue mío. Y despertamos con la certeza del mundo en nuestros brazos, con la lejanía del adiós esa mañana de junio. Más cercano que antes, el olvido comenzaba, sigilosamente a conquistar el espacio de tu memoria.